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HISTORIA
LOS
CEMENTERIOS DECIMONÓNICOS
Formación, características, teorías, concepciones
Es en el s. XIX cuando el cementerio cobra identidad propia, confundido
con las dependencias de la iglesia.
Nacen junto a una serie de reformas urbanísticas que configurarán la ciudad
moderna como son el nuevo Ayuntamiento y el Palacio de Justicia, los mercados públicos,
la estación de ferrocarril o el teatro elementos todos ellos de la vida urbana
burguesa.
Se opera junto con su aparición un cambio de mentalidad, ahora ya no se
trata de estar cerca de los difuntos para cuidar sus restos, sino de
conservarlos de forma ordenada en un lugar moderno e higiénico y dotarlos de
una morada eterna, lo más digna posible. Es entonces cuando se hace evidente
una jerarquía social, reproduciendo las mismas actitudes de antaño pero valiéndose
de otro elementos, los panteones y mausoleos que pronto aparecerán hermoseando
y dignificando los camposantos.
Como nueva tipología arquitectónica que era, se revela como tema ideal
de examen para los alumnos de las Academias de Bellas Artes. El proyecto más
antiguo conocido, salido de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de
Madrid, aparece fechado el 22 de mayo de 1787, tal sólo un mes después de la
promulgación de la Real Orden de Carlos III. Todos los proyectos analizados por
Alicia González Díaz[12]
entre1787 y 1845 comparten unas mismas características y un mismo estilo, el
Neoclásico según los cánones académicos. Generalmente se ordenan en planta
rectangular o cuadrada, delimitada por una valla, en ocasiones decorada y con
puerta de acceso de carácter monumental. En el interior el contorno se cubre
mediante galerías porticadas, con columnas o pilares albergando nichos. El
terreno central, donde van a parar, en principio, aquellos que no se pueden
costear un nicho bajo las galerías, queda dividido mediante paseos y calles
flanqueadas por cipreses. El centro del camposanto se reserva para la capilla
que sacraliza con su presencia todo el recinto.
En el caso de proyectos de mausoleos o panteones se observa la costumbre
de incorporar al dibujo, como telón de fondo para la arquitectura, arbolado y
vegetación. Al parecer la presencia de y
vegetación en los cementerios, tan común y aceptada en el s. XIX
tuvo sus detractores en el s. XVIII, según pone de manifiesto Dora Nicolás[13]
en su estudio a propósito de dos dibujos encontrados en el Museo Bellas Artes
de Murcia. En él recoge la opinión de Benito
Bails, arquitecto de finales del s. XVIII, quien se opone radicalmente a la
presencia de vegetación en los cementerios argumentando que "pues
sobre sus raíces estorban a los sepultureros para hacer las hoyas y perjudican
notablemente a las paredes de las Iglesias, sus ramas forman uno como cubierto
que detiene los vapores fétidos y estorba circule el aire con el desahogo que
circularía estando abierto el cementerio a todos vientos, cuya disposición es
mejor que otra cualquiera" [14].
Sin embargo, en el s. XIX la tendencia será completamente contraria. Al amparo
del naturalismo romántico los cementerios se convirtieron en una especie de
parque-jardín, como lo fue en su origen el paradigma de los cementerios decimonónicos,
Père-Lachaise (1804) ubicado en una colina, y concebido como si de
un bosque se tratara donde la vegetación que rodeaba la tumbas era tan
importante y sugestiva como los mismos monumentos. Se unen en perfecta armonía
vida y muerte, naturaleza y enterramientos, ambos ahora admirados y no
rechazados. El cementerio se convertirá en un lugar de paseo donde sus calles y
avenidas se asemejan a las alamedas
y parques de la ciudad, y las tumbas a los monumentos conmemorativos de esta
misma. Como afirman Aries y Duby, "el cementerio se convierte, a partir de
1850, en objeto de visitas, en un lugar de meditación"[15]
A raíz de este cambio de imagen nace la concepción
de los cementerios como trasunto de las ciudades, como una ciudad de los
muertos prolongación simbólica de la de los vivos, donde aparecen los mismos
afanes e inquietudes, como una "ciudad ideal". En ella podemos
reconocer todos los estilos arquitectónicos de una época -el s.XIX- y en ella
aparecerán representadas todas
aquellas familias que en algún momento fueron importantes para historia de la
ciudad. El hecho de unir a todos
los difuntos en un mismo espacio no supone un comportamiento igualitario. Del
mismo modo que durante la Edad Media la jerarquía social quedaba representada
claramente dentro y fuera de la iglesia, en los cementerios contemporáneos nada
cambia, únicamente el espacio donde hacerla efectiva. A pesar de la
interpretación histórica de la muerte como momento en el que todos, ricos y
pobres, son tratados por igual, hay que reconocer que no hay nada tan poco
igualitario como el último pasaje[16].Así
pues, la discriminación continua materializada ahora mediante esculturas,
panteones o mausoleos.
Los cementerios, surgidos coetáneamente al desarrollo de la arquitectura moderna, es decir, desde el neoclasicismo al post-modernismo, se configuran como una especie de catálogo de arquitectura donde se muestran, a pequeña escala, los sucesivos estilos arquitectónicos que se producen contemporáneamente en la ciudad. Sin embargo, la arquitectura funeraria, como tipología tiene una peculiaridad. La carencia de exigencias funcionales y constructivas demasiado rígidas, junto con la intervención de otros profesionales y de los gustos e intenciones del promotor hacen de ella una arquitectura libre, creativa y en ocasiones incluso extravagante. Son arquitecturas "fantásticas" donde todo vale, no hay limites para la imaginación del creador. Supone un banco de pruebas para el arquitecto y escultor, ciñéndose, eso sí, a las intenciones del comitente.
- Ejemplos concretos:
El estudio de algunos casos concretos, tanto dentro como fuera del
territorio español, ayudará a comprender posteriormente las manifestaciones
valencianas. Estudiaremos en primer lugar, dentro del ámbito francés, el
ejemplo más importante y significativo; Père-Lachaise.
A continuación, limitándonos a algunos ejemplos españoles, los cementerios de
el Cementerio del Este de Barcelona y
el Cementerio de la Sacramental de San
Isidro.
La visión de los espacios fúnebres cambia a partir de la creación de Père-Lachaise
en 1804. La imagen de "Elysée"
o cementerio-jardín lo convirtieron en un paseo muy apreciado durante la época
romántica. Todo lo contrario a lo que inspiraban en el pasado siglo, miedo y
repulsión.
El conjunto trazado por Alexandre-Théodore Brongniart, a las afueras de
París, abandonaba las antiguas estructuras claustrales de los cementerios
parroquiales. La colina sobre la que se asentaba se articulaba mediante grandes
avenidas, caminos sinuosos y pequeños bosques aprovechando las características
del lugar.
El recinto se dividió en una serie de áreas destinadas cada una de
ellas a un tipo de enterramiento. Al establecer un precio al terreno se daba al
suelo unas características muy semejantes a las de la ciudad. La venta de las
parcelas a perpetuidad permitía amortizar la ampliación y manutención del
recinto y al mismo tiempo se beneficiaba se beneficiaba con los monumentos
erigidos que contribuían a su ornato. El repertorio arquitectónico era el mismo
que anteriormente decoraba los llamados "jardines escenas", pirámides,
obeliscos, capillas góticas. Continuando estas formas se eleva en 1815 el
primer panteón de consideración para el banquero Greffulhe, siguiendo el
modelo de capilla gótica, rematando una de las avenidas diagonales del
cementerio, y semejante a las ermitas que se colocaban en los jardines
decorativistas del s. XVIII.
La imagen de este modélico cementerio alcanzó gran difusión mediante
las Guías de la época en las que descripciones y grabados extendían su
influencia por todo el mundo occidental.
El obispo José Climent y Avinent propuso la realización de un
cementerio u osario alejado de la población y común a todas sus parroquias,
donde poder enterrar de forma decorosa el producto de las modas de las iglesias
de la capital. Su inauguración en 1775 lo convierte en el más antiguo de
nuestro país.
La edificación se limitaba a un rectángulo alargado, rodeado de altos
muros para evitar su profanación y a una capilla en su interior. El recinto
carecía de vegetación, ya que continuando con la problemática anteriormente
mencionada, el obispo siempre se mostró contrario a cualquier tipo de plantas
en los cementerios.
Esta iniciativa tan moderna no tuvo aceptación entre los barceloneses
que, salvo en contadas ocasiones
(cadáveres procedentes de hospitales),
continuaron enterrándose en los cementerios intramuros.
Este primitivo cementerio, destruido durante la guerra de la
Independencia, recobró su utilidad cuando en 1818 el obispo Pablo de Sitjar
consiguió del gobierno una porción de terreno que ampliaba la antigua parcela.
En 1819 se bendecía el recinto encargado a un joven arquitecto italiano, de
formación cosmopolita, conocedor de las antigüedades griegas y egipcias.
Antonio Ginesi proyectó un establecimiento semejante a los camposantos
italianos del siglo XVIII, de contorno rectangular con galerías porticadas al
modo del cementerio de Pisa. El terreno central dividido en cuatro grandes
parcelas y rodeado por las galerías porticadas de los nichos quedó desvirtuado
con las sucesivas ampliaciones de galerías de nichos y repleto de monumentos
funerarios donde la burguesía ascendente expresaba su distinción frente a los
igualitarios nichos. La consecuente limitación de espacio promovió el traslado
de esta burguesía pujante a un nuevo cementerio el de Montjuich.
Como sucedía en todos los demás cementerios extramuros la capacidad se
hizo prontamente insuficiente por lo que se proyectó una ampliación. Un nuevo
patio dedicado a San Andrés fue encargado de nuevo a Llorente comenzando
las obras en 1832. La ampliación perpetuaba el estilo y carácter del
patio fundador configurando así un conjunto homogéneo y unitario.
De nuevo se hacia necesario más espacio y un nuevo patio, ahora el de
San Isidro, ampliaba el recinto con su terminación en 1849. La arquitectura
empleada por José Alejandro distaba mucho de la ligereza y casticidad del
anterior arquitecto. De nuevo en base a una estructura claustral Alejandro
creaba una arquitectura austera, pesada, circunscrita en el más rancio
neoclasicismo, recreándose en macizas columnas dóricas, potentes frontones y
sucesiones de arcos escarzados subrayando la horizontalidad del conjunto.
Este cementerio, crecido a base de patios sucesivos, cada uno de mayores
dimensiones que el anterior, sería sometido a una última reforma, la más
interesante y que si se hubiera llevado a cabo siguiendo el proyecto original se
hubiera convertido en una de las arquitecturas más bellas y ambiciosas del s.
XIX español.
Francisco Enríquez Ferrer, arquitecto de la cofradía desde 1850, comenzó
los planos y proyectos de una nueva ampliación desde la posesión de su cargo.
En esta ocasión Enríquez pretendía sacar partido a la irregularidad del
terreno adyacente para crear un gran parque fúnebre al estilo de otros famosos
cementerios extranjeros- veasé por ejemplo Père-Lachaise-.
A pesar de la oposición inicial de la comisión el proyecto fue admitido e
incluso aprobado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1852.
Mediante una novedosa planta en forma de anfiteatro y dejando a un los esquemas
cerrados de las plantas claustrales, Enríquez planeaba un grandioso parque
ajardinado de carácter romántico, sin embargo, debido a los muchos encargos que
ocupaban al reconocido arquitecto, en 1855 renunció a su cargo relevándole en
la dirección José Núñez Cortés
quién modificó radicalmente el original trazado de Enríquez y finalizando
las obras, prolongadas en el tiempo por la escasez económica, en 1890.
[12]GONZÁLEZ DÍAZ, A., "El cementerio español de los ss. XVIII y XIX", Archivo Español de Arte, nº 171, Madrid, 1970. p. 289-320.
[13]NICOLÁS GOMEZ, Dora, "La tratadística sobre botánica funeraria y el arbolado en los cementerios de Murcia en el s. XIX: a propósito de dos dibujos arquitectónicos en el Museo de Bellas Artes" Revista Verdolay, nº 3, Murcia, 1991, p. 189-192..
[14]Ibídem, p.190
[15]ARIES Y DUBY, Historia de la vida privada. vol.IV, Madrid, 1990.
[16]VOVELLE, Michel, "Sobre la mort", L´Avenç , nº 78, 1985. p. 50-57.
[17]SAGUAR, C. "El cementerio del Este de Barcelona" Revista Goya, nº 214, Madrid, 1990, p. 210-219
[18]SAGUAR, "El cementerio de la Sacramental de San Isidro" Revista Goya, nº 202, Madrid, 1988, p. 223-233